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sábado, 15 de octubre de 2016

De Soriano, como nacio el cuervo San Lorenzo



FRANCISCO XARAU Y JUAN GIANNELLA
El nacimiento de San Lorenzo de Almagro
Por Osvaldo Soriano (7 de enero de 1973)
A José Rafael Albrecht y José Francisco Sanfilippo

Para quienes me conocen, esta historia no necesita introducción. Para los demás lectores diré que hacía tiempo que tenía ganas de reconstruir el nacimiento de San Lorenzo y la doble victoria de 1972 me dio un buen pretexto. Juan Gelman —hincha de Atlanta— aprobó la idea pues gustaba, como yo, de provocar a los lectores del diario y al propio Timerman. Esta reconstrucción sigue pareciéndome apasionante, porque aquella aventura de un puñado de pibes en la primera década del siglo es común al nacimiento de casi todos los clubes de Buenos Aires. Un fenómeno cultural que ha impregnado la vida argentina y que, en el caso de San Lorenzo, me parece una parábola ejemplar del fulgor y la decadencia de una sociedad. Cuando hicimos el reportaje, ni Xarau, ni Giannella, ni nadie podía imaginar que nueve años más tarde San Lorenzo perdería su estadio y sus bienes que costaron tantos esfuerzos. Menos aún, que en 1982 tendría que volver a jugar en la B. (nota de Soriano en Artistas, locos y criminales)

Entre los hinchas de San Lorenzo de Almagro que festejaron alborozados la conquista de los títulos de 1972, caminaba un hombre de setenta y nueve años, de rostro seco como una cáscara de nuez, de ojos desteñidos que sólo podían permitirse una mirada lejana. No sintió los habituales dolores en el hígado y en la nariz, quebrada sesenta años atrás por un pelotazo. En el bolsillo trasero del pantalón guardaba una billetera de cuero gastado, abrigo de doscientos pesos, un carnet de socio vitalicio de San Lorenzo y una medalla de oro. Nadie lo reconoció, nadie le agradeció nada. Cuando llegó a la pensión de la calle Monte al 3700, se encerró en su pieza de tres por tres, sacó el calentador de queroseno, peló tres papas y las puso a hervir. Se sentó en la única silla, prendió la radio y escuchó cómo la gloria caía sobre un grupo de hombres que se ganan holgadamente la vida con el fútbol.

Él no lo dice, pero quizás haya mirado a su alrededor, la vieja cómoda, el camastro, el crucifijo en la pared del que cuelgan siempre dos flores que se marchitan. La voz del locutor cuenta la historia de San Lorenzo, memora nombres rutilantes y menciona a los Forzosos de Almagro. El viejo Francisco Xarau asiente con la cabeza. Recuerda el 10 de enero de 1915: el wing derecho desbordó su punta y tiró el arco, la pelota rebotó en un defensor de Honor y Patria y vino de buscana, justito para la zurda de Xarau; le pegó como venía, buscando el efecto contrario para enderezarla. La pelota rozó con el tiento en la cabeza de un defensor y se clavó en la red. Xarau, veloz, hábil con las dos piernas, lo imprescindible para ser un gran centroforward, corrió a festejar. Lo ahogaron a abrazos. 
La vieja cancha de Ferrocarril Oeste estaba repleta. La barra de Almagro deliraba. Era la misma alegría que en 1972 sintieron los herederos de aquellos hinchas cuando Figueroa logró el tanto del triunfo frente a River Plate. Aquel gol de Xarau abrió el camino para que San Lorenzo ascendiera a la primera división de la Asociación Argentina de Football. Corrían 37 minutos del primer tiempo. Dos goles más, el último del wing izquierdo Luis Giannella, sellaron el score definitivo: tres a cero. La barriada de Almagro tenía ya un club que la identificara.

Desde entonces, la aventura que había nacido en 1907, en la esquina de México y Treinta y Tres, con el nombre de Forzosos de Almagro, creció hasta alcanzar en 1930 su esplendor. En la euforia del triunfo, pocos sabían que dos de aquellos pibes que integraron el equipo de los Forzosos, cuando se fundó, en 1907, y cuando ascendió en 1915, están vivos y abandonados por su hijo presuntuoso. Xarau vive en la pobreza de un cuarto. Giannella, de setenta y siete años, está ciego, sordo y apenas puede mover sus piernas. Casi todos los días, como hace sesenta y cinco años, los dos “muchachos” (así se nombran ellos) se juntan en casa de Giannella —quien vive cuidado por una hija y tiene otro hijo varón—, para recordar aquella época que ya parece una alucinación. Giannella, que no oye ni ve, habla como una ametralladora, se indigna cuando lo interrumpen. Xarau nunca se casó y no se queja demasiado de su soledad: “Siempre tuve problemas —dice—, cosas de la vida”.
Todo lo que les dejó San Lorenzo fue un carnet para entrar gratis al club y una medalla de oro. El viejo centroforward opuso resistencia a contar la historia de los Forzosos: “Ya está escrita —argumentó—, la hicieron los investigadores; nosotros la vivimos, no podemos modificarla.” Al fin, Xarau y Giannella contaron aquella infancia en el barrio de Almagro junto al cura Lorenzo Mazza, quien los dirigió en sus primeros pasos. El relato de ambos sacó a la luz una circunstancia casi desconocida para los hinchas de San Lorenzo. El nombre del club no proviene sólo de un reconocimiento al padre Mazza; se refiere, concretamente, a la batalla ganada por San Martín en 1813. (Coincidentemente, los colores de los granaderos son azul y rojo. N. de PR.)

GIANNELLA

En 1907 la calle México era de tierra, todas las casas eran bajas y modestas y por allí pasaba el tranvía 27. Los pibes jugábamos al fútbol en la calle porque era lo más barato que había. Los de la barra vivíamos en la calle México o en Treinta y Tres. Todos trabajábamos para ayudar en casa. Yo hacía herrería artística en un taller de Avenida La Plata y Rosario. Cuando largaba el trabajo, salía corriendo para juntarme con la barra y hacer el partido. La pelota era mía, de esas de tiento que había entonces, ¿las conoció? Después se la vendí a Federico Monti, que era el cabecilla de la barra, en dos pesos cincuenta. Queríamos formar un cuadro para jugar con los muchachos de otros barrios, así que nos reunimos y empezamos a buscar un nombre. Elegimos Forzosos de Almagro. El primer nombre lo discutimos mucho, pero todos estábamos convencidos de que, al club, había que agregarle a cualquier nombre, el del barrio: Almagro. Algunos queríamos ponerle Almagro solamente, pero por fin le agregamos Forzosos.



XARAU

Yo trabajaba como canastero, haciendo ranchos, que eran unas canastitas chicas de mimbre. Ganaba un peso por día. Tenía que mantener a mi madre y a una hermana enferma. No tenía inconvenientes para ir a jugar, porque a mi madre le gustaba. En ese tiempo jugar al fútbol era cosa de reos, de pandilleros, pero a la vieja no le importó nunca. Antes de los diez años dejé el colegio para trabajar. En 1907 éramos los Forzosos pero no jugábamos todavía contra otros cuadros. Hacíamos partidos entre nosotros, menores contra mayores. Éramos pibes de doce a quince años. Me acuerdo que cuando pasaba el tranvía, lo usábamos para hacer rebotar la pelota, lo que ahora llaman “pared”.



GIANNELLA

San Lorenzo nació el día que Juancito Abondanza se llevó por delante al tranvía. Estábamos jugando un partido entre mayores y menores en la calle, justo frente a la capilla de San Antonio. El padre Lorenzo Mazza salía a la vereda a mirar. En un momento, Juancito agarra la pelota y empieza a disparar como loco. Se cortaba solo y no vio el tranvía, o lo quiso gambetear, la cosa es que se lo tragó. El motorman alcanzó a frenar pero igual lo golpeó y lo tiró al suelo. El tipo que manejaba y el guarda bajaron furiosos para pegarle a Juancito, pero el pibe era muy ligero y se las tomó mientras los mandaba con madre y todo. Yo estaba parado al lado del padre Mazza, porque como era wing izquierdo siempre jugaba contra la vereda donde se paraba él. El cura era muy cuidadoso. Cuando escuchó que Abondanza los insultaba a los del tranvía, me dijo: “Pero che, qué barbaridad, qué mal educado es ese pibe.” Enseguida me preguntó quién era el cabecilla de la barra. “Aquél”, le dije, y señalé al Carbuña. 
Nosotros lo respetábamos mucho. Federico Monti era un pibe que trabajaba de carbonero —después se hizo albañil—, por eso le habíamos puesto ese apodo. Lo llamó al Carbuña y le dijo: “Mirá, en el fondo de la capilla tengo un lindo terreno. Si ustedes lo limpian pueden hacer una canchita. Yo les hago hacer los arcos en la carpintería de la iglesia de San Carlos. ¿Qué les parece?”


XARAU

Limpiamos el fondo de escombros. Trajimos un carro, y Giannella, Federico Monti, su hermano Juan y yo, nos llevamos muchas cargas de yuyos, ladrillos y otras cosas. Dejamos todo limpito. El cura trajo los arcos con las medidas que le habíamos dado. El día que Giannella le vendió la pelota con el inflador y el pasatiento a Federico Monti, nos llevaron presos. Resulta que la cámara estaba muy mala, en cualquier momento se reventaba. Carbuña nos dio un mango veinte para ir a comprar una nueva en el negocio de Rivadavia y Rioja. Giannella, otro pibe y yo salimos contentos para allá y compramos la cámara, que era colorada. Empezamos a caminar para la capilla y pasamos por Yapeyú y Victoria donde había unos pibes jugando un partido.


En ese momento aparece un vigilante y todos rajaron porque no dejaban jugar en la calle. Nosotros no teníamos nada que ver pero el botón se vino al humo. “¿Vos sos el dueño de la pelota?”, me preguntó. Le dije que sí, pero que nosotros no teníamos nada que ver con el otro partido, que habíamos ido a comprar una cámara y le mostramos la factura. Nos llevó igual. El otro pibe se escapó y fue a avisarle a mi vieja, que cayó en la comisaría 24 de José María Moreno y Rosario y armó un escándalo. Lloraba, qué sé yo qué teatro hacía. El oficial se enojó y le dijo al botón que nos había llevado: “¿Vos sos loco? Me traés acá a los pibes y después tengo que aguantar a las viejas.” Nos dejaron ir.


GIANNELLA

El que puso el nombre de Forzosos fue Luisito Manara, un chico muy bueno que iba a todas partes con nosotros y que se murió enseguida, a los dieciséis años, de tifus. Cuando discutimos el nombre no teníamos ni la pelota. Luisito decía que el cuadro se tenía que llamar Forzosos de México, porque éramos casi todos de esa calle. Federico Monti dijo que no, que había que ponerle cualquier nombre, pero con Almagro al final, y que eso no podía cambiarse nunca. Entonces quedó Forzosos de Almagro. Con el nombre de Forzosos jugamos apenas dos o tres meses. El primer partido fue contras Estrellas de México, que era un cuadro de ahí cerca, por Castro Barros. Estrenamos unas camisetas color borra de vino que nos trajo el cura Lorenzo. Les ganamos dos a uno. Xarau hizo un gol de penal. ¡Cómo los tiraba! El otro creo que lo metió Julio Maidana. Jugamos muchos partidos y los ganamos todos. En la capilla no perdimos nunca. Le ganamos al Jorge Brown, al Laureles Argot* tinos, que era de las calles Agrelo y Boedo. Íbamos a los diarios a poner los desafíos, pero no nos querían recibir el papel porque no tenía sello y decían que si no tenía sello no era un club. Como el padre Lorenzo nos obligaba a ir a misa todos los domingos, a la salida hablábamos con los vecinos y juntamos siete pesos que costaba el sello de goma. En la misa, el padre controlaba muy bien si estábamos todos, porque si no, no había permiso para usar la cancha. íbamos tantos muchachos a misa que se empezó a llenar de chicas, pero en ese tiempo no nos ocupábamos de mujeres, como hacen ahora.
Federico Monti y otros empezaron a decir que había que cambiarle el nombre al cuadro, porque Forzosos era muy feo. Monti me dijo: “Hablá con el padre Mazza, elegí un nombre, y si él está de acuerdo lo cambiamos?”.
Lo agarré al cura cuando salía para ir a San Carlos, que quedaba en Victoria y Yapeyú (hoy Hipólilo Yrigoyen y Quintino Bocayuva). Le dije: “Padre, vamos a cambiar el nombre del cuadro?”. Me preguntó cómo pensábamos llamarlo.

“Mire padre —me animé—, le vamos a poner Club Atlético Lorenzo Mazza”. 
El cura se agarró la cabeza. “¡No! —me dijo—. ¡Por favor! . Les van a decir cuervos frailongos; no, no”.
Entonces le insistí: “Federico dice que lo único que no podemos sacar es Almagro, pero lo otro está decidido”.
Pero no quiso saber nada, así que tuvimos que reunirnos todos en la esquina y buscar otro nombre. Nosotros le queríamos hacer el homenaje al padre y ponerle su nombre al club, así que le buscamos una vuelta en el asunto. Alguno se acordó de la batalla de San Lorenzo. Fuimos corriendo y el cura aceptó. “Bueno, si es por la batalla de San Lorenzo está bien. Que se llame San Lorenzo de Almagro.” Esto fue abril de 1908.


XARAU

Yo le voy a contar cómo cambiamos la camiseta y adoptamos la azulgrana, que se usa ahora. Como nosotros no perdíamos ningún partido, el cura nos dijo un día: “El domingo que viene les voy a traer un cuadro bravo a ver si a ésos les pueden ganar. También voy a traer dos juegos de camisetas y los sorteamos. Uno es verde y blanco en franjas verticales, el otro rojo y azul, también verticales. La camiseta que tenga el cuadro ganador queda para San Lorenzo.” Trajo un cuadro de San Francisco, que tenía unos jugadores bárbaros. Sorteamos las camisetas y nos tocó la roja y azul. Les ganamos cinco a cero. Giannella hizo un gol. Así que nos quedamos con las camisetas azulgrana que se siguen usando ahora. Entonces el cura se convenció de que no perdíamos más y nos hizo entrar en el campeonato de las iglesias, que se llamaba Don Bosco. También lo ganamos. Entre tanto, nos íbamos haciendo muchachos grandes.



GIANNELLA

El padre Lorenzo consiguió una cancha en el parque Chacabuco y nos fuimos a jugar allá, porque ya necesitábamos más espacio. Por el año doce, la municipalidad nos sacó la cancha y no sabíamos qué hacer, así que decidimos irnos a jugar a otros clubes. Xarau y yo nos fuimos a Vélez Sársfield. Llegamos a la semifinal, pero perdimos con Porteño. Yo no jugué ese día. Al año siguiente terminamos segundos de Floresta y perdimos el ascenso. Si ese año Vélez Sársfield hubiera subido a primera, San Lorenzo no existiría.



En 1914 formamos de nuevo el club San Lorenzo de Almagro y entramos en el campeonato de segunda división. Nos reunimos en la casa de Alberto Coll, en la esquina de Treinta y Tres y Agrelo, y allí instalamos la secretaría del club. Entramos en segunda y ganamos todos los campeonatos del norte, sur, qué sé yo. Ganamos el torneo de segunda y teníamos que jugar la final con Honor y Patria, que era campeón de intermedia. El que ganaba subía a primera. El partido fue en la cancha de Ferro y ganamos tres a cero. Fue el 10 de enero de 1915. Xarau hizo el primer gol y yo el último. Subimos a primera y, desde entonces, San Lorenzo no descendió nunca.


XARAU

Nos hacía falta cancha. Habíamos juntado cien socios que pagaban una cuota mensual. Empezamos a hacer la cancha en Liniers, sobre un terreno que era del cuadro de Olimpia. Gastamos toda la plata y cuando la terminamos, la municipalidad nos avisó que por ahí iba a pasar una calle asfaltada y nos desalojó. Perdimos todo, una fortuna en ese tiempo, y lo peor es que no teníamos cancha para jugar en primera. Menos mal que el presidente de Ferrocarril Oeste nos alquiló la de ellos. La pagamos con plata nuestra porque también éramos socios del club, y ya teníamos una barrita buena.
Cuando entramos en primera, la cosa andaba mejor. Nosotros éramos jugadores y se había formado una comisión directiva. En el año 16 nos fuimos a Avenida La Plata, al lugar mismo donde ahora está el club. El padre Mazza consiguió alquilar el terreno y empezamos a hacer la cancha.


Nosotros íbamos a ayudar a nivelar el terreno, a sacar escombros y todo eso. La hicimos casi en el mismo lugar en que está ahora, un poco más sobre Avenida La Plata, y tenía una tribunita chica, como para cincuenta personas.



GIANNELLA

Mi vieja tiraba la bronca. Decía que todos los que jugaban al fútbol eran unos atorrantes. Yo le contestaba: “Cuando juegue en primera voy a conseguir un trabajo mejor.” Claro, me dieron un trabajo en la Unión Telefónica. Yo jugué hasta 1923. El año anterior, jugando contra Independiente en la cancha que tenía en la Crucecita, Carricaberri tiró un centro que yo paré con el pecho pero la pelota se me fue un poco y el full back rechazó con todo. La pelota me pegó en el estómago y me tiró al suelo. Empecé a echar sangre por la boca, pero seguí jugando hasta el final. 
Faltaban tres partidos para terminar el campeonato y jugué los tres. Al empezar 1923, le dije al presidente del club: “Mirá, yo voy a jugar, pero voy a firmar en segunda, así, si ando bien, juego en primera”, porque si firmaba para la primera no podía actuar en la división inferior. Me asfixiaba cuando corría, por el asunto del estómago. Hice dos o tres partidos y no jugué más. Eso sí: me retiré yo, nadie me echó como se dijo entonces.

XARAU

Yo me retiré antes, en el dieciocho. Por mi madre y mi hermana. Siempre tuve problemas. No me pude casar porque tenía que cuidarlas. Ya ve donde vivo. El año pasado viví en un ranchito de La Reja. Conservaba recuerdos de la época, pero un día entraron ladrones y se llevaron todo. Soy socio vitalicio de San Lorenzo, tengo el número cinco y mi foto está en la intendencia del club junto a las de los demás. Entro gratis a la cancha. Me conformo. Trabajé seis años como cuidador de las canchas de bochas del club y me daban un sueldito. Tengo una jubilación chiquita y a los setenta y nueve años no puedo esperar mucho.

Los que empezamos éramos menos de veinte, los que hicimos el club unos cien y sólo quedamos dos vivos. También queda Silva, que era de las inferiores. Ahora lo único que me queda por delante es la muerte. Mi amargura no es andar solo y tirado, sino que lo que hice no me haya servido de nada. No me refiero al club, que lo hicieron los que vinieron después, sino a la vida. Siempre tuve problemas. Tengo unos sobrinos, pero ellos están en lo suyo y me parece bien. De los viejos, más vale ni acordarse. Aunque alguna vez también hicieron goles. 


domingo, 5 de mayo de 2013

Mecanicos . Osvaldo Soriano

Osvaldo Soriano
Mecanicos

Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.

Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.

Yo no le hice caso pero el se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían.

A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tire en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.

-Sos un cabeza hueca-me decía.

Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.

Me miró y dijo: "Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés". Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezo a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles.

Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba "jCarajo, qué mal trabajan los franceses!" y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis:

-Doce- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles . Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.

Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio.

Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.

Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las verguenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida.

Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.

-Andá-me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvas de los bailes y las guardias.

Ese año hice mas de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para el su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.